La marea






A I.R.T. X.

Cata vestía de amarillo el día que la conocí. Llevaba vaqueros ajustados, como su camiseta. Tenía los pechos grandes para sus 16 años, ojos azules y una sonrisa fácil, inocente o pícara. Me encendí cuando la vi como si me estuvieran quemando en llamas y deseé acostarme con ella, probar el gusto de su boca, sus senos, sus labios seguramente experimentados. La invité a una sesión de cortometrajes, nos colocamos unas narices de payaso y bailamos en la calle sobre el pavimento mojado. No pasó nada más. Imagino que así tuvo que ser. Sin embargo, en aquella primavera me gustaba imaginar que nos perdíamos entre la maleza del parque, cerrábamos nuestros ojos, nos tocábamos con los labios, adivinábamos a ciegas los territorios inexplorados, aullábamos a los astros, implorábamos a dioses marinos… hasta que ella se deshacía en gemidos y yo recibía una marea que ahogaría para siempre mi inocencia adolescente.

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