A I.R.T. X. Cata vestía de amarillo el día que la conocí. Llevaba vaqueros ajustados, como su camiseta. Tenía los pechos grandes para sus 16 años, ojos azules y una sonrisa fácil, inocente o pícara. Me encendí cuando la vi como si me estuvieran quemando en llamas y deseé acostarme con ella, probar el gusto de su boca, sus senos, sus labios seguramente experimentados. La invité a una sesión de cortometrajes, nos colocamos unas narices de payaso y bailamos en la calle sobre el pavimento mojado. No pasó nada más. Imagino que así tuvo que ser. Sin embargo, en aquella primavera me gustaba imaginar que nos perdíamos entre la maleza del parque, cerrábamos nuestros ojos, nos tocábamos con los labios, adivinábamos a ciegas los territorios inexplorados, aullábamos a los astros, implorábamos a dioses marinos… hasta que ella se deshacía en gemidos y yo recibía una marea que ahogaría para siempre mi inocencia adolescente.
CONSIGNA – Llegas a casa y te encuentras con un hombre en tu cocina que afirma ser el diablo. ¿Qué haces? No había tenido tiempo aún de cerrar la puerta cuando me pareció ver una sombra negra junto a la despensa. Me giré, aún con la compra en la mano, y vi a un hombre elegante y sensual vestido de negro. En su sonrisa, casi imperceptible, había atracción y peligro. Era eléctricamente excitante. Sus ojos desprendían, más que brillo, vivas llamas azules. Sin duda, era ÉL. Sonreí con timidez y me atreví a reaccionar fingiendo naturalidad. «¿Una copa de vino?». Asiente. «¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?». «Aquí las preguntas las hago yo. ¿Qué querrías tener para siempre?». Su media sonría se hizo más visible. Observé mi copa al trasluz y pensé durante un buen rato. «Lo que más ansío en este mundo es un trabajo que sea estable y una casa en propiedad». El diablo, entonces, rió, rió con ganas, y cada carcajada fue sonando más débil hasta volverse lamentos. «Antes pedían cosas real...
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