Antes de la crisis
Estoy recordando el preludio de la anterior crisis. Había vuelto de América, acababa de conocer la amistad y el amor. Yo estaba en tercero de carrera. Trenza, chamarra mexicana, vaqueros anchos y un alma gritando por ser adulta. Recuerdo la poesía, las luces cálidas de la calle, las risas, los paseos, el sol de primavera. Estábamos muy cerca de cambiar abruptamente, como ahora. Me recuerdo con cariño. Me viene un torrente de recuerdos desordenados –qué más da–, edulcorados, sin juicios. Las imágenes llegan a la mirada. Había mucho amor en cada acto, también mucha culpa, muchas ganas de avanzar. No deseábamos el dinero; ansiábamos la independencia por encima de todas las cosas. Queríamos leer, reír, experimentar, sentir la piel en llamas, descubrir lo sutil y lo oculto, leer entre líneas… En suma, poner en práctica las ideas sublimes de versos cargados de amor y de nostalgia.
Hubo noches de lluvia, escapadas de madrugada, poemas escritos en losetas. Hubo casas, muchas casas, muchos lugares, movimientos, maletas y personas. También sufrimiento y olvido y el olvido del ideario en todas las acciones nobles que alguna vez imaginamos. Los años paulatinamente dejaron de ser significativos, o quizá aún anhelaban rasgos noticiables, pero definitivamente no suponían símbolos de juventud, al menos no como antes. Aún así, seguimos disfrutando, a pesar de las enseñanzas, de los palos, de las heridas, con mayor comodidad, con un poco de más dinero y con muchos más espejismos. Dejamos de brindar por nosotros y brindábamos en dirección a las pantallas, por esos nombres sin rostro o esos rostros sin nombres que se volvieron prioridad. Sin ser conscientes, hipotecamos la felicidad. Prostituimos cada instante y lo convertimos en todo menos en un rito íntimo y memorable.
Hace pocos meses, en una noche de crisis, abrí un libro que, una década antes, había dejado sin terminar. Leí una página, y otra, y luego otra. Le di vida a la hoja color ocre y su imagen me devolvió la historia de otro tiempo. Como quien mira un río, recordé los versos de Borges («Mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otro río, / saber que nos perdemos como el río / y que los rostros pasan como el agua»). Cuando el sueño ya me vencía, dejé el libro en la mesa, apagué la luz. Todo era silencio en el dormitorio. Me dormí con la impresión de haber recuperado algo en las profundidades del agua. No recuerdo haber descansado tanto.

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